Cuento original de Ana T. Avila

 

Hace unos días, medijo mi hija:

-Mamá, la próxima semana tienes que ir al colegio con Analú .

-¿Y éso?  Le pregunté sorprendida.

-Es el Día del Abuelito.

-¿El Día de quéeeee?  

Primera vez que yo escuchaba algo así. Mesentí rara, vieja, acabada…Desde que la niña nació la vi como una hija más yaque vive conmigo, no había caído en cuenta que ya era abuela. Una cosa es queyo me sienta feliz  de tener una nietacomo Analú y otra muy distinta es que tenga que ir a celebrar el día delabuelito, por Dios ¿a quién se le pudo ocurrir éso?

No quise responderle, “ya inventaré unaexcusa para no ir” -pensé yo.

Unos días después me dice una noche:

-Mamá, recuerda que mañana tienes que ir con la niñaal colegio.

Me quedé mirándola.

No sé que vio en micara,  por lo que me dijo:

-¡No puedes faltar Mamá!

“Ni modo- pensé-  no podré salirme de esto”.

A la mañana siguiente, al abrir la puertade mi habitación, me las encontré a las dos saliendo para el colegio.

-La voy a llevar y pregunto a qué hora tienes quellegar tú.

-Ok- le respondí- sin ningún ánimo.

Me despedí de Analú,le dije que en un ratico nos veríamos en su colegio.

-Sí Abella, nos vemos .

    Me dio un beso y se fue con su mamá.  Seguí arreglándome con tranquilidad y sobre todo,lentitud.

-“¿ Qué me pondré? ¿Cómo tendré que vestirmepara esa fiesta?

– ¿Iré vestida seria,con un traje que me vea como una abuela?

-¿Y si vamos a jugarcon los niños, no es mejor que me ponga unos Jeans?”

 Seguía indecisa cuando regresó mi hija.

-Apúrate mamá, el colegio esta full de abuelitos.

Corrí a terminarme de vestir para ir albendito Día del Abuelito.

Cuando llegué al colegio (me fui caminando)  queda justo al lado de mi casa, estabanpasando un micrófono para que se presentaran  los abuelitos.  Antes de que me tocara a mí, que llegué de última,hablaron varios de ellos hasta que me lo entregaron. En ese momento  sentí que cientos de caras con ojos  se volteaban hacia mí… “¿y   yo qué digo?”

Di los buenos días, dije mi nombre, dijeque era la abuelita materna de Analú y di las gracias por invitarme a compartirese día con mi nieta. Me sentía hipócrita con ganas de salir corriendo. (Comoque si yo no compartiera todos los días con mi nieta desde que nació…)

Terminaron las presentaciones y nos dieronlas instrucciones para compartir con los nietos. Habían organizado una venta delibros, para los que quisiéramos comprarles  regalos. Me acerqué, compré dos y me dispuse aesperar a que apareciera mi nieta.

Comenzaron a salir los niños de los salonesde clases, todos en filas y ordenados, sonreían cuando veían a sus abuelitos yseguían caminando hasta ellos, de repente,  vi  doshermosas  colas  con dos grandes lazos blancos que merecordaron a mí misma cuando era una niña.

– ¡ Ésa es mi nieta!

La saludé con lamano. Cuando me vio sus ojos se abrieron inmensamente:

-¡ABELLAAAAAAA!-

Sonreí tímidamente y la volví a saludar conla mano. Ella comenzó a correr hacia mí como en cámara lenta, mientras repetíaincansablemente:- ¡ ABELLAAAAA! ¡ABELLAAAAA!– Con una emoción como si tuviese meses o  quizás años sin verme. No había pasado ni unahora que nos habíamos despedido.

Sentí nuevamentecientos de ojos mirándome.

Me agaché para recibirla con un abrazo y unbeso. Parecía el final de una hermosa película donde la abuela y la nieta seencuentran después de muchos años sin verse. Casi de inmediato me dijo:

-¿ Me compraste unos libros?  ¡Dámelos!

Le respondí que nos fuéramos a sentarjuntas para leerlos, me miró como si no hubiese entendido mucho y me dijo que ibaa jugar con sus amiguitas.

Yo casi que le grito: ¿cómo se te ocurre dejarme sola si estoy aquí por ti? ¿Cómo me vas adejar para irte con tus amiguitas?

Respiré hondo  y me dije: ellaes una bebé, sólo tiene tres años, la adulta eres tú. ¡Demuéstralo!

Me senté en el primer sitio que encontré ytraté de entretenerla con los libros. No habían pasado dos minutos cuando mevolvió a repetir:

-Voy a jugar con mis amiguitas.

Le propuse que nos tomáramos unas fotos conel celular para mandárselas a su  mami, mecomplació, no sin antes repetirme que “rápido”  porque quería ir a jugar.

Me dejó, sola, en un mundo desconocidocompletamente para mí, el mundo de los abuelitos…

-“Ni modo trata dehacer ver   que te estás divirtiendomucho”-  me decía yo, mientras le mandabalas fotos a mi hija y a mi novio. Les escribí que me sentía como Alicia en el paísde las maravillas, (no por las maravillas sino por lo perdida…)

La directora del preescolar se me acercó yme dijo que la gente no podía creer que yo era abuela y me sugirió que tuviese otroniño ya que estaba muy joven.  Comencé asentirme mejor y con más ánimo. Luego se acercó otra señora, nos pusimos a conversar,me dijo que cuando yo tomé el micrófono y me presenté, ella no podía creer queuna joven como yo fuese abuela. Casi que la beso y la abrazo allí mismo apenasconociéndola.  Así pasó un rato más, seme acercaron otros abuelitos y terminé conversando y    adaptándome a mi nueva condición.

Analú de vez en cuando se me acercaba, mesaludaba, me presentaba a sus amiguitas y se volvía a ir. Sonó el timbre y vicorrer a los niños para formarse, cuando volví a escuchar:

¡ABELLAAAA!   ¡ABELLAAAA! – Mi nieta me buscaba en vez de ir hacia la fila, meemocioné nuevamente y fui hacia ella. Me dijo que la esperara que iba a cantarel Himno y me quedé como embobada viendo a esa miniatura de mujer, parada depie con sus manitos detrás de su espalda, entonando el Himno Nacional de mipaís. Se me escaparon algunas lágrimas, (gracias a Dios cargaba lentes).

Cuando terminaron sentaron a los niños alfrente de nosotros, los abuelos, para cantarnos. Desde donde estaba yo no podíaver bien.                        Comenzaba a impacientarme, quería ver a minieta, sobre todo que ella me   viera amí, que supiera que su Abella estaba allí con ella, escuchándola; lancé mi cartera,los libros que le había comprado, la torta que le estaba guardando, todo aquelloque me molestaba en las manos y me fui metiendo poco a poco entre los abuelosque se habían puesto de pie para ver mejor a sus nietos.  Por fin la vi, estaba sentada en el piso consus compañeritos de estudios y sus hermosos lazos blancos, cantaba y mirabapara todos los lados, como buscándome. Comencé a hacerle señas y a mover mismanos como una loca para que pudiera verme;  sin importarme lo que pensaran de mí.  Por fin, cuando logré que me viera, sus ojitosse iluminaron y sonrió feliz.

Y asíterminamos mi hermosa nieta y yo esa inolvidable mañana,  cantando canciones infantiles que merecordaban mi propia infancia y enviándonos con nuestras miradas, con nuestrosgestos, con nuestras almas,  mensajes deamor que sólo ella y yo podíamos entender.