La historia se inicia en agosto del 2002, en una  reunión donde Nicolás Petrov lee la sentencia emitida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, radicada en  Costa Rica, mediante la cual se ordena al Estado venezolano  indemnizar a los familiares y víctimas de los sucesos del 27 de Febrero, efectuar una investigación efectiva de los crímenes e identificar a los responsables materiales e intelectuales de  los hechos juzgados a fin de aplicarles las sanciones administrativas y penales correspondientes.

 

Entre los presentes se encuentra Mara Caparigua y su hija Alejandra, fruto de su relación con Alejo Sanpedro, asesinado la noche del 28F. Mara escucha a los presentes, ve las sonrisas tímidas, los gestos hoscos. Y recuerda. Mara estaba embarazada y esperaban casarse en Abril. Aunque los dos militaban en la Liga Socialista los sucesos del < ?xml:namespace prefix = st1 ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:smarttags" />27F los tomaron por sorpresa. En ese amanecer  presenciaron las protestas contra el alza de los pasajes expresados por centenares de usuarios en el Terminal de Guarenas. El alza del pasaje formaba parte de un rosario de medidas económicas impuestas por el gobierno de Carlos A. Pérez que estrechaba aun más la difícil situación de las clases populares.  La ceguera del sector privado era tal que Fedecámaras se oponía de manera decidida a un aumento de salarios. Así,  la inesperada rebelión popular que estalló en el Terminal de Guarenas se diseminó con fuerza incontenible en toda la geografía de la pequeña ciudad, como una ira ciega que expresaba la más absoluta repulsa- e indefensión- ante las medidas impuestas por el Fondo Monetario Internacional.

 

Mara Caparigua y Alejo Sanpedro se trasladaron a Caracas y fueron testigos de las sangrientas acciones desatadas en la avenida Bolívar, cuando muchos manifestantes pretendieron llevar la protesta al palacio de Miraflores. Marcial Verdú, un dirigente de izquierda, fue asesinado por un comisario de la DISIP, lo que desató una violencia ciega. Alejo Sanpedro escapó con Mara y, contrariándola, se dirigió al barrio Campo Rico en Petare, para dejarla en su casa. Mara era la hija única de Omar Caparigua y Vivian, una pareja que se amaba con pasión tormentosa. Omar era reconocido como el jefe de una de las bandas más exitosas del Distrito Sucre. Pocas cosas ilegales estaban fuera de su control. Al llegar al hogar Mara lo encontró repleto de objetos saqueados. Su madre custodiaba el botín armada de una escopeta y con un trago de ron bien cargado.

Con el paso de las horas se perdió cualquier contención o posibilidad de diálogo. La gente se aglomeraba en  las calles, sin líderes, a pesar de los intentos de algunos dirigentes como Gregorio Sanjines, Leocadio Rivodó y Marcial Verdú que intentaron, en vano, dirigir lo que era un movimiento de masas incontenible.  El gobierno de Carlos A. Pérez, suspendió las Garantías Constitucionales, decretó el toque de queda y activó al máximo los servicios de inteligencia y represión. Lanzó el ejército a las calles desatando su poder de fuego contra la población desarmada. Centenares de hombres mujeres y niños murieron en las calles, barrios y urbanizaciones de Caracas. En Guarenas, el Coronel de la guardia nacional Félix Gallardo y el Capitán del ejército Antonio José Marval lograron imponer el orden. El pueblo era un caos con más del 70% de los negocios saqueados y las urbanizaciones populares en rabiosa protesta. A las 7 de la noche ya todo estaba controlado. 180 vecinos de Guarenas, fueron hechos prisioneros.

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Pero los saqueos y protestas prosiguieron en Caracas. Josefino Ortegoza, sargento de la policía metropolitana fue testigo de sucesos inauditos: hombres flaquitos cargando pesadas neveras, barrios que celebraban el estallido con música, licor y enormes parrillas, ranchos donde velaban a los muertos colocados sobre las mesas de los comedores, edificaciones en el 23 de Enero y El Valle ametralladas por unas Fuerzas Armadas que  buscaban francotiradores inexistentes. Tras varios días, cuando el sargento Ortegoza pudo regresar a su casa, halló a sus dos pequeños hijos aterrorizados, cerca del cadáver de su esposa Fidelina, muerta por una bala perdida.

 

La noche del 28 de Febrero varios efectivos del ejército bajo el mando del  capitán Antonio José Marval rastreaban el Jardín Botánico, anexo a la Universidad Central buscando revoltosos. Encontraron a tres estudiantes- entre ellos, Alejo Sanpedro- y los entregaron a una patrulla de la Disip. Mara Caparigua, detenida momentos más tarde, contempló como Alejo y  sus compañeros eran conducidos  en la patrulla a un destino que le encogió el corazón. Así, la cifra de desaparecidos se tornó inmensa. Una sensación de horror se apoderó de todos los sectores de la sociedad venezolana. Al mismo tiempo y de manera efectiva un denso manto de impunidad comenzó a cerrarse en torno a los eventos nacidos el 27F. Ninguna investigación fue procesada, ningún culpable señalado. Con empeño, gobierno, políticos, instituciones, trataron de borrar los sucesos sin percatarse  que la matanza daba inicio a un proceso histórico irreversible que los haría desaparecer del mapa social. Son muy pocos los venezolanos que no tienen nada que contar sobre el 27F. Mara Caparigua, Alejo Sanpedro y centenares de otros personajes que aparecen en “El Caracazo” son solo una pequeña parte- expresada en ficción testimonial- de una  tragedia social que cambió la faz de Venezuela.