“Choroní es una nota, el problema es la carretera”. Esta es la réplica más frecuente que deja escapar quien escucha hablar de las bondades de este pueblo aragüeño, destino predilecto de los amantes del turismo de “aventura”. Y es que no se le puede llamar de otro modo al hecho de arriesgarse a llegar a la referida población, sorteando las múltiples vicisitudes que deben superar los temporadistas, obstáculos que mucho tienen que ver con la ausencia de políticas que permitan el armónico y planificado desarrollo turístico de la zona.

Cómo llegar a Choroní? Esta es la pregunta que responden las innumerables guías turísticas y páginas web creadas para trazar la ruta hasta la población. Además de las acostumbradas explicaciones sobre lo intrincado de la vía, en ninguna se hace referencia al precario estado en que se encuentran los enormes autobuses o camionetas que parten desde el Terminal de pasajeros de Maracay, unidades que se desplazan a gran velocidad anunciando su amenazante proximidad con una estruendosa corneta. Dentro de la unidad, los pasajeros se encomiendan a cada santo mientras que el equipo de sonido, a todo volumen, complace los gustos musicales del chofer o el colector. Nauseas, mareos y dolor de cabeza se conjugan con la ansiedad de llegar de una buena vez al destino, malestares físicos sazonados, en el caso de los turistas extranjeros, con robos de documentos. Debido a la falta de espacio para colocar bolsos, mochilas y carteras, los incautos turistas colocan sus pertenencias bajo los asientos, situación que es aprovechada por amigos de lo ajeno, quienes desde el asiento trasero proceden a desplumar al entretenido visitante.

Ni que hablar de las líneas de taxis que operan hasta Choroní. La mayoría de las unidades están chocadas, debido a las frecuentes colisiones que sufren como consecuencia de las altas velocidades que desarrollan en la estrecha vía. Lo más insólito lo pudimos apreciar hace pocos días: nuestra unidad se topó de frente con un taxista que se desplazaba, de bajada, con las cuatro puertas abiertas. La razón? Desde el chofer hasta los pasajeros trataban con sus pies de frenar la unidad, al más puro estilo Picapiedra.

 

  *Welcome!*

 

Un enorme terreno en construcción, polvareda y sofocante calor dan la bienvenida al temporadista. El tan cacareado Terminal de pasajeros aún no ha sido concluido, a pesar de encontrarnos en año electoral. Después de vaciar el estómago, estirar las piernas y dar gracias a Dios por llegar sano y salvo, el turista emprende el camino, con el perolero a cuestas, hasta la playa o el malecón.

Vale la pena destacar que no hay en el lugar ninguna oficina de información que pueda dar una pista sobre el precio de las lanchas con destino a Valle seco, Chuao o Cepe. Los baquianos negocian con los lancheros, pero los incautos se bajan de la mula con precios que oscilan desde los 60 mil a los 150 mil bolívares.

Quienes prefieren quedarse en Playa Grande, si se trasladan en vehículo particular, pagarán tres mil bolívares por el sólo derecho de estacionar el automóvil en una hacienda o al lado de contenedores de basura, que por lo regular apestan. También deberán escoger entre comer en la multitud de quioscos de bambú y caña amarga construidos anárquicamente en la vera de la ruta, o en los pequeños restaurantes instalados por la Alcaldía de Girardot en la zona que da acceso a la playa. Allí, un río de aguas negras proveniente de los desagües de las cocinas dan la más olorosa bienvenida al turista, y unos metros más allá lo hará otro fangal de las duchas y los baños, en donde se cobra 500 bolívares por el servicio.

Una vez en la playa el espectáculo es variopinto: la orilla de la misma, de punta a punta, está sembrada por sombrillas y sillas, un servicio que tampoco es gratuito. Quien no quiera pagar el servicio deberá instalar sus enseres en la línea de la retaguardia. En la zona destinada a las carpas la anarquía es mayor. Más atrás, justo debajo de los cocoteros, se amontona la basura, con nubes de moscas y zancudos.

Un enjambre de vendedores de cerveza, refrescos y comida revolotea a los temporadistas, una actividad digna pues se trata de trabajo honesto, pero que bien podría organizarse con medidas de higiene que garanticen no sólo la seguridad del turista, sino la pulcritud de la playa misma.

Un aplauso lo merecen los salvavidas, quienes hasta las cuatro de la tarde están atentos de cada bañista. Sin lugar a dudas, son los héroes de la playa. ¿La policía municipal? Se limitan a permanecer en el módulo que está a la entrada de la playa.

 

*Vandalismo e irresponsabilidad*

 

Un hecho no menos preocupante lo representa el río, a cuyo cauce con cada vez mayor frecuencia se vierte aguas negras provenientes de las invasiones de terrenos y de irresponsables conductores que lavan sus vehículos en las cristalinas aguas, una situación que no es controlada ni por la Guardia Nacional ni por Inparques, organismo que, por cierto, construyó a la orilla de la carretera una bellísima casita para el guardaparques, estructura que jamás fue ocupada y que ahora ofrece un deprimente espectáculo. Los vándalos hicieron de las suyas, cargaron con puertas, ventanas, grifería y pintaron graffitis obscenos en sus paredes.

En la parte alta del parque se construyen pozos sépticos cercanos al cauce del río, o simplemente se instalan tuberías de aguas negras que van a parar a tan importante recurso hídrico.

Sin importar cuan contaminado pueda estar el río, en época de temporada alta, cuando el acueducto falla por sus evidentes limitaciones, muchos posaderos optan por recoger aguas del río para consumo humano.

 

*Crecimiento descontrolado*

 

La invasión de terrenos en Choroní se ha hecho pan de cada día. En sectores como la parte alta de Santa Clara la situación es grave. Con la llegada de las lluvias muchas casas construidas en terrenos inestables o quebradas están cediendo, por ello ya se habla de su reubicación en sectores aledaños a La Loma, en donde fue desforestada una enorme franja de terreno y desde ya se construyen casas y ranchos.

La inseguridad también está haciendo mella entre los pobladores de la zona. A pesar de que la carretera sirve de filtro para evitar una ola descontrolada de visitantes, entre quienes también hay contados delincuentes, en las zonas invadidas se registran constantes robos, hurtos y últimamente hechos de sangre con víctimas mortales.

También con la llegada de las lluvias no sólo se ha hecho evidente el peligro por deslizamientos de tierra que dejan incomunicada a Choroní con la civilización, sino que muchos tramos de la carretera han cedido. A pesar de que se han hecho reparaciones en la vida en la zona que comprende el Parque Nacional, en el tramo que une a Choroní con Puerto Colombia han sido los mismo posaderos quienes han tomado en sus manos la responsabilidad de construir muros de construcción y reconstruir algunos tramos de carretera, pero por lo que pudimos apreciar, ello no es suficiente.

 

*Desarrollo sustentable*

 

Para nadie es un secreto que Choroní esconde muchos tesoros, el más preciado es su gente, su cultura y la manera en como tratan de proteger sus tradiciones. Los bailes de tambor en el malecón, la guarapita de parchita y los ponches de cacao son sello de garantía para quienes quieren “morirse en Choroní”. No obstante, la red de posadas, restaurantes y locales comerciales están sufriendo los embates de Elecentro, el Fondo de Turismo y la Alcaldía.

Las tarifas por concepto de consumo eléctrico son exorbitantes, sin dejar de mencionar que los apagones son constantes. Los famosos desayunos del Restaurante Mora   pasaron a la historia, pues su dueña, María Liendo, tuvo que prescindir del personal. “O pago Elecentro o pago al personal”, dijo la choronicera, quien explicó que los constantes apagones imposibilitan la compra de mercancía, conservación y almacenamiento. “Las facturas llegan hasta por 400 mil bolívares, eso es grosero. Yo tengo que pagar por el servicio, pero nadie me paga cuando se me pudre la mercancía”, agregó. Por otra parte se quejó del pésimo servicio de recolección de basura.

Muchos son los emprendedores que están construyendo posadas en Choroní, con proyectos excelentes que prevén la conservación del ambiente, sin embargo, no han recibido apoyo de ningún ente gubernamental. No se conoce un censo ni estudio de la cantidad de posadas existentes ni las que se construyen. Quienes formularon peticiones de crédito en Maracay, aún esperan por una respuesta a su solicitud.

En las áreas invadidas muchas familias habilitan habitaciones, ofreciendo un bajo nivel de atención al cliente, en tanto, los emprendedores, que tienen sus proyectos en mano y las obras adelantadas para ofrecer servicios de calidad, son peloteados o ignorados.

Un hecho por demás triste es que en lo alto de la montaña, subiendo por el sector La Loma, luego de caminar por espacio de hora y media por una trocha que en otrora fue un camino, se llega a las ruinas del Hotel Santa Bárbara. Una estructura construida durante la última dictadura. Su lobby se conserva intacto, con el piso de mármol blanco en cuyo centro resalta un enorme carruaje en el mismo mineral, pero de color negro. A pesar de los años de abandono, su piscina no presenta filtraciones, pero sí una espesa capa de musgo verde. La pista de baile al aire libre y las escaleras en caracol flanqueadas con metal labrado nos transportan al pasado. Las habitaciones aún conservan un aire de distinción y desde las habitaciones del tercer piso se divisa con claridad el malecón de Puerto Colombia, la bahía, el faro y la majestuosidad de la montaña.

A los alrededores del hotel varias casitas soportan el peso de la maleza. La montaña las reclama y ellas estoicas permanecen en pie. Hasta la fecha ningún ente ha movido un dedo para sacarlas del abandono. Que tristeza.

Un hecho curioso es que siendo Choroní una de las rutas turísticas por excelencia aún no tenga una escuela de turismo. Los muchachos cuentan con un solo liceo. Una vez finalizado el bachillerato, si quieren continuar sus estudios, deberán emigrar a Maracay.

A pesar de que el pueblo subsiste de la agricultura, la pesca y el turismo, los jóvenes no aprenden idiomas extranjeros, ni técnicas para sembrar, mucho menos cómo tecnificar las actividades en el mar.

Es un hecho que Choroní necesita una mano y sería hora que alguien se digne a dársela, quizá de esta manera podamos rescatar lo que se está perdiendo: un verdadero tesoro.